¿QUE ES LA ECO-JUSTICIA?

La Eco-Justicia es la búsqueda del bienestar de la naturaleza a la par de la del ser humano. La eco-justicia reconoce que en la realidad los seres humanos existimos en/con la naturaleza; no existe real separación por más que querramos separarnos de ella con nuestra indiferencia o nuestra falta de cuidado.

¿Y LA "ECO-TEOLOGIA"?

Como personas de fe, entendemos que si no existimos fuera de la naturaleza, Dios tampoco se revela sólo en la historia humana sino a través de su creación, donde existimos. Cuando buscamos a Dios desde esta visión, encontramos que la Escritura está llena de historias de este tipo y que la creación misma es fruto de la palabra de Dios (Genesis 1:3, 6, 8,9, 11).
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12 noviembre 2009

Huerta en Babilonia


Hace ya un lustro que vivo con mi familia “en el corazón de la grande Babilón” –en palabras de Manu Chao- y me ha llevado todo ese tiempo poder darme cuenta que una de las cosas que tendría que estar haciendo acá es plantar una huerta. Hace tiempo que se me cruza por la cabeza un texto de Jeremías, donde el profeta les manda una carta con consejos (de parte de Yahvé) a los desterrados de Judá en Babilonia: 
“Edifiquen casas y habítenlas, planten huertos y coman su fruto. Cásense con la gente del lugar, y tengan hijos; no hagan huelga de vientres. Busquen el bien de la ciudad donde los he puesto y oren por ella, porque en su paz ustedes tendrán paz” (paráfrasis de Jeremías 29,5-7).
En el pasaje, la idea es que uno no puede vivir solamente despotricando contra el imperio, sino que en los intersticios cabe cultivar y construir, pues resulta que eso también puede ser una práctica creativa de resistencia y transformación.
Sin embargo, no siempre es tan fácil ponerse a cultivar o construir. El primer año que viví en el hemisferio norte, no sentía ánimo suficiente como para tener siquiera una macetita con una planta en nuestro departamento. Ya era suficientemente difícil transplantar a nuestras hijas y tratar de comenzar a hacer una vida y una teología desde otra latitud; no me resultaba posible pensar en plantar semillas ni en echar raíces, ni siquiera en maceta. El segundo año, una señora de la iglesia a la que pertenecemos me regaló una planta. Después de unos días, veía que se le iban cayendo las florcitas blancas, pero no lograba superar la ambigüedad frente a la necesidad de fomentar la vida –más allá de la vida de mis hijas y de mi familia inmediata- en Babilonia. Hice poco y nada por salvarla, y muy pronto se marchitó. Sin embargo, el gesto de mi amiga (que cuando le pregunté hace poco me dijo que ni se acordaba de habérmela regalado) debe haber movilizado algo, porque ya al tercer año el arraigo ya fue suficiente como para que sintiéramos de golpe que sin plantas en la casa había algo profundamente árido en nuestras vidas. En el cuarto año ya habíamos llenado de macetas toda la casa, y además habíamos agregado fauna a la flora, pues conviven con nosotros también dos peces y un conejo (que a veces se come las plantas). Mientras escribo estas palabras siento el aroma de los malvones y disfruto del verdor de las plantas de interior que me rodean, aunque afuera esté nevando. En este quinto año nos hemos anotado para cultivar un rinconcito de un jardín comunitario municipal, y en la primavera espero poder lanzarme al cuidado de una huertita orgánica con la ayuda de las nenas. Mientras tanto, hemos ido coleccionando unos cuantos frascos vacíos, pensando ya en las conservas de las que vamos a poder disfrutar el invierno que viene.



Me doy cuenta que (para mí, al menos) tiene algo fértil teológicamente trabajar la tierra, aunque sea en maceta. Ireneo, un teólogo nacido hace mucho (allá por el 130), se complacía en utilizar la imagen del crecimiento paulatino para referirse a la humanidad. Me atrae mucho la idea de ese crecimiento, que según Ireneo es diseñado por el Padre, moldeado por el Hijo y nutrido por el Espíritu (cf. Adversus Haereses IV.38.3-4). En otras palabras: somos jardineros y jardineras, y también nosotros mismos somos un jardín de flores y frutos inesperados. En palabras de Jesús:

El reino de Dios es como alguien que echa semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que sepa cómo. La tierra produce fruto por sí misma: primero un tallo, luego una espiga, y al fin el grano maduro en la espiga” (Marcos 4:26-28).

En todo este proceso, muchas veces he vuelto en el pensamiento al pasaje de Jeremías 29. Plantar un jardín en el Norte y comprometerme con el bienestar de un pedacito concreto de tierra, significa materialmente que tengo que dejar atrás el invierno perpetuo en el que viviría si pasara todos los meses posibles del verano boreal (es decir, de la pausa académica) en el Sur. Lo hemos intentado un par de veces, pero me doy cuenta que el invierno perpetuo nos hace mal: extraño la primavera y el otoño de la Argentina que nunca puedo ver si siempre voy en junio y julio, y hemos descubierto que el verano en Chicago es precioso: los témpanos de hielo del lago Michigan se disuelven y las playas se llenan de familias que disfrutan del sol, del agua y de la arena. Si es que he de plantar una huerta en el hemisferio Norte, buscando ser hacedora de paz en Babilonia en medio de las contradicciones que eso me evoca, necesariamente tendré que modificar los ritmos y los tiempos del cruce de fronteras. Si la identidad y la cultura están vinculadas -y recordemos que la cultura se nutre etimológica y literalmente del cultivo- quiere decir que mi identidad ahora en el lugar donde estoy necesariamente tendrá que ver, al menos en parte, con los jardines y las huertas que cultive en Babilonia. Mi propio método teológico, que se basa en hacerme cargo de la materialidad y la densidad de la realidad en la que me toque vivir, me obliga a caminar por los senderos de unos jardines concretos y reales, no solamente por las sendas de antaño.

Desde la filosofía feminista, Rosi Braidotti (retomando a Deleuze y Guattari) rescata y celebra la imagen del rizoma, es decir, de aquellas plantas que tienen raíces que no son lineales y profundas, a la manera de los árboles, sino que se extienden hacia los costados, de manera “secreta, lateral, extendida, opuesta a las ramificaciones visibles, verticales de los árboles occidentales del conocimiento”.1 Entiendo y comparto su crítica de los estilos monológicos y falocéntricos de la tradición occidental: Dios sabe (y que nos perdone) que la teología cristiana ha caído en esas trampas desde el principio, casi sin pensarlo. Por eso, necesariamente y a manera de acicate, la teología feminista hace propia una hermenéutica de la sospecha y del rescate que no se basa únicamente en el árbol de la sabiduría occidental como fuente de conocimiento, pero que tampoco tala todo el bosque porque alguna de sus ramificaciones haga daño. Después de todo, las raíces profundas no solamente pertenecen a los “árboles occidentales del conocimiento”; también hay otros árboles que merecen nuestra atención y cuidado. Me da la impresión que para vivir y crecer nos viene bien tomar en cuenta a las plantitas como las frutillas (o fresas), cuyos rizomas producen frutos que nos maravillan; y también a los árboles, que nos oxigenan y nos deleitan de otras maneras. Si nos limitáramos a los rizomas solamente, fácilmente nos podríamos quedar con una multitud de cachanillas, aquellas plantas de las zonas áridas mexicanas que cuando se secan ruedan a través del desierto, impulsadas por el viento.


Por mi parte, me ha ido cayendo la ficha de algo que en realidad debe ser obvio desde afuera, pero que a mí me cuesta asumir: el hecho de que no puedo dedicarme de pleno a plantar dos huertas en dos hemisferios distintos simultáneamente –al menos no lo puedo hacer si tomo en cuenta las necesidades (y las exigencias) reales de mi familia, de mi comunidad de fe y de quienes estudian y trabajan conmigo. No obstante, como escribe M. Jacqui Alexander en su libro sobre la pedagogía del cruce de fronteras: “Los árboles tienen memoria, y te pueden susurrar sus recuerdos al oído, si te detienes a escucharlos.”2 Cuando vuelvo al Sur puedo ver y escuchar a los árboles – que después de todo tienen las raíces y la memoria más profundas. Si vuelvo a la Argentina en primavera puedo ver y sentir el aroma de los jacarandáes y de las tipas en flor, y escuchar cómo se sacuden en el viento. Si voy en otoño, puedo ver a los plátanos y los álamos y tocar su corteza. Nadie me quita el placer, mientras estoy en el Sur, de disfrutar del fruto de unas huertas que yo no planté, o inclusive de plantar y de regar unos plantines; lo único que se requiere es que admita que quienes se hagan cargo regularmente de ese cultivo lo harán de maneras que yo ni controlo ni me imagino. Resulta que no solamente mi presencia, sino también mi ausencia pueden ser motivo de crecimiento y de florecimiento.


Mientras tanto, le doy su lechuguita al conejo y riego las plantas. Me da placer pensar en un viaje a la Argentina el mes que viene, sabiendo que cuando mire el cielo voy volver a ver “acá mis nubes y allá mi cruz del Sur”3. Me alegro también por la primavera boreal que por ahora no muestra muchas señales de vida, pero que va llegando. Leo una poesía:

Mi madre, mi abuela
Se paraban de este modo
En sus jardines.
Tengo 43.
Este año planté los pies
En este suelo
Y estoy practicando
Cómo crecer de abajo para arriba
Como un árbol.4



Tengo dos años más que ella, y no sé si quiero crecer aquí en Babilonia como un árbol; pero este año, por lo menos, pienso plantar una huerta.


Nancy Elizabeth Bedford


1 Rosi Braidotti, Sujetos nómades, Buenos Aires, Paidós 2000 (trad. Alcira Bixio), 59; cf. también Metamorphoses. Towards a Materialist Theory of Becoming, Cambridge, Polity Press 2002, 79 et passim..
2 M. Jacqui Alexander, Pedagogies of Crossing. Meditations on Feminism, Sexual Politics, Memory and the Sacred, Durham and London, Duke University Press 2005, 263.
3 Es una cita del poema “Noción de Patria” de Mario Benedetti (http://www.poemas-del-alma.com/mario-benedetti-nocion-de-patria.htm).
4 Linda Lancione Moyer, “Listen”: Mary Ford-Grabowsky (comp.), Womanprayers, New York, HarperCollins 2003, 5.
Fuente: www.lupaprotestante.es

13 octubre 2009

Salud y Salvación

NOTAS PARA TRES SERMONES
SOBRE SALUD Y SALVACION

Por la pastora Neddy Astudillo 

Estas tres reflexiones separadas son ideas sueltas para ayudar a la persona que quiera escribir un sermon a partir de cada grupo de pasajes bíblicos, o para guiar un estudio Bíblico usando los mismos pasajes.

Basado en Isa 65:17-25; 55:1-13; Lc 8:43-48; Mt 10:7b-8, 1 Tes 5:23

En el Antíguo Testamento la salvación frecuentemente se describe como el espacio que Dios crea para que florezca la vida. La tierra fértil es dada como un acto salvífico de Dios para el bienestar de su pueblo. La salvación también ocurre cuando Dios libera a su pueblo de los enemigos (Ex14:13-14, 30). Otros ejemplos de salvación los encontramos en los actos de redención, perdón y reconciliación.

En el Nuevo Testamento Jesús libera a la gente de males físicos, espirituales y los restaura a la comunidad. La sanidad es un acto de salvación, un paso más cerca a la realidad del reino de Dios. Cuando el reino de Dios se acerca, cuando la Palabra de Dios viva está en medio nuestro, los pobres sanan, los jóvenes no mueren y los ancianos viven por largo tiempo. Cuando el reino de Dios está cerca, nadie pasa hambre, la vida florece y los malvados se traicionan a sí mismos. La salvación y la salud van de la mano. La salvación implica salud y seguridad. Estas coexisten como elementos de una misma promesa. El reto para nuestra fe es ver estos dos aspectos de nuestra fe juntas y aprender a cómo hacerlas realidad en nuestras vidas.


NUESTROS CUERPOS, TEMPLO DE DIOS

Basado en Gen 1:27; 2:7; Rom 8:18-27; 1 Cor 6:19-20
En la cultura Maya, cuando un bebé nace, se organiza una fiesta con toda la familia, los tios, tias, hermanos/as, primos/as, sobrinos/as y los parientes politicos. La gente trae regalos al niño o la niña: pañales, machetes, pollitos, un plato, un vaso y un cuchillo. Veinte días después se organiza otra fiesta, esta vez es un desayuno. El/la bebé lo pasean alrededor de la casa, cuatro veces, cargado por niños/as de 13 y 14 años, acompañados además de otros niños/as con sus perros, ovejas, gatos, gallinas y otros animals. Al final de este evento, los abuelos aparecen para recibir y cargar al bebé, quienes lo traen a la cocina donde se está cocinando una enormes tortillas de maiz con el nombre del bebé en el centro. Se entiende que el niño o niña es hijo/a del maiz y se sella su identidad colocándole un pedazo diminuto de tortilla en su boca. A los cuatro años se le lleva a la siembra y se le deja jugar por primera vez con juguetes que simbolizan el trabajo de la siembra del maiz.

Costumbres como esta transmiten un entendimiento comunitariamente heredado sobre nuestra interdependencia con la familia –como comunidad humana- y con la tierra, como fuentes de vida. Co-existimos en comunidad y la tierra necesita de nuestras manos para dar su fruto. Culturas como estas evitan la vision falsa de que somos seres libres e independientes.

Cristo vino para liberarnos del pecado y de la muerte, no para librarnos los unos de los otros. Nosotros somos las unicas criaturas hechas por Dios que necesitan crear ‘cultura’ para sobrevivir. Dios nos invita desde el principio a ser nuestro Dios para desarrollarnos como personas a imagen de Dios. Dios mismo co-existe en comunidad, Padre, Hijo y Espiritu Santo. Dios es el creador, redentor y sustentador de todo lo que existe. Dios nos hizo a su imagen a partir del suelo de la tierra. Es en esta relación con los demás seres que encontramos nuestra humanidad y nuestro sentido, salud y verdadera libertad. En la medida en que nos encontramos, la tierra también encuentra su liberación.


“VIVIENDO COMO RESUCITADAS”

Basado en Deut 30:19-20; Mt 10:7-8; Jn 10:10; 11:24-27; Rom 6:1-20; 8:12-17; Apocalipsis 21:1-8

La Teologa Elsa Tamez en su estudio sobre Romanos 6 y 8 comparte que debemos vivir como resucitadas. Vivir así implica vivir una vida en contíua experiencia de transformación, un viaje intensional desde un estado de muerte hacia un estado de vida plena.

Desde esta intension proclamamos el nuevo cielo y la nueva tierra, la resurrección del cuerpo no solo como una promesa escatológica sino viviendo nuestras vidas como si ya el Reino de Dios estuviera entre nosotros (Mt 6:10).

La tierra misma está incluida en esta promesa (Mk 16:15, Rev 5:13; 11:18; 22:1-2). La pregunta que nos queda es - ¿Cómo construímos una vida plena dentro de nuestro contexto y nuestro quehacer diario? ¿Qué está causando la muerte y la falta de salud en mi contexto? ¿Quiéne son los que contaminan? ¿Estamos proclamando el juicio de Dios a aquellos que contaminan la tierra? ¿Cómo podemos ayudar a sanar de la tierra? ¿Cómo podemos sanarnos nosotras mismas?

Viviendo como resucitadas es posible gracias a la presencia del Espíritu Santo en todos los rincones de la tierra. Viviendo como resucitadas se hace posible a través de espiritualidades que nos guian a escoger la vida y nos libran de opciones de muerte. Jesús dijo: “Por sus frutos los conocerán” (Lc 6:43) . La ciencia puede mostrarnos el impacto de nuestras opciones mientras Cristo nos recuerda que su minisión fue traer vida abundante a la tierra. Nosotros lo/la buscamos.


LLAMADO A LA ADORACION

Espíritu de Vida
            Ven y aliméntanos con tu amor y tu gracia.

Espíritu de Consolación
            Ven y abrázanos con tu presencia y tu vision.

Espíritu de Esperanza
            Ven y llénanos con tu palabra liberadora, para servirte alegremente.

Espíritu de Apertura
Ven y conviértenos los unos a los otros, sin miedos, indiferencias o divisiones.

Espíritu de Aceptación
            Ven y recíbenos en la nueva tierra que estás creando.

Espíritu del Universo
            Ven y muévenos al sonido de tu clamor. Amen

ORACION DEL PUEBLO

Lider I: Por aquellos que sufren los efectos de la contaminación, que puedan encontrar sanidad y esperanza.

Lider 2: Por la comida, por el aire que respiramos, por el agua que tomamos, por los     productos que compramos y los productos que fabricamos, que puedan ser libres de la indeferencia, para que la vida sea protegida y nuestras vidas mejoradas.

Lider 3: Por el poder de sanidad de la tierra, que pueda sanar del daño que le hemos hecho y para que pueda enseñarnos cómo vivir sabiamente.

Lider 4: Por nuestros cuerpos, templos de Dios, para que busquemos placers buenos, que sostengan la vida para todas las generaciones.

Líder 5: Por aquellos que hacen las leyes que nos protegen, por los científicos y aquellos que se levantan para hacernos conscientes del impacto de nuestras opciones de vida.

Líder 6: Por todo esto y por tanto más, venga tu reino, Señor. Amén.

ORACION DE CONFESION

Cristo Señor, claramente dijíste: “No sera así entre ustedes” (Mt 10:26). Tú nos llamaste a servir, a cuidar y a sembrar, pero llenamos de barro el agua que tomamos y nos hacemos daño de más maneras que las que entendemos. En nuestro deseo de vanidad y la ignorancia indiferente olvidamos servirte en nuestros cuerpos. Confundimos dominio con una casa sin dueño y tu amor con libertades sin sabiduría.

Ven, Espíritu Santo, renueva la creación, nuestros cuerpos, nuestras almas. Que podamos enontrar nuestro lugar en tu templo. Perdónanos y guíanos, te lo pedimos. Amén.


SEGURIDAD DEL PERDON

Como el suelo que abraza la semilla tan pronto cae; como el sol que sin falta se levanta cada mañana, así es el amor de Dios, listo para abrazarnos, listo para llevarnos a sembradíos de vida fertil, listo para perdonar y darnos vida abundante y eterna. Ahora, se libre para servir!, hija de Dios, en Cristo tus pecados han sido perdonados. Da gracias a Dios y no olvides sus enseñanzas.

ENVIO

Que el Dios de la paz te santifique y te sane. Que tu alma, tu cuerpo y tu espíritu sean guardados para la construcción del Reino de Dios. Que la Palabra de Dios te guie a escoger la vida. Que la promesa de vida abundante sea tu luz y tu camino, ahora y siempre. Amén.

La Carta del Chief Seattle


La carta del cacique Seattle
En 1854, el «Gran Jefe Blanco» de Washington, el presidente de EEUU Franklin Pierce hizo una oferta para comprar una gran extensión de territorio indio y prometió una «reserva» para el pueblo piel roja. El Jefe Seattle de la tribu Suwamish de los territorios de lo que hoy ha venido a ser el Estado de Washington, en el noroeste de EEUU, contestó con esta carta, que ha sido considerada como la más bella y profunda declaración de amor a la naturaleza y el medio ambiente.


¿Cómo puede usted comprar o vender el cielo, o el calor de la tierra? La idea resulta extraña para nosotros. Si no nos pertenecen la frescura del ni el destello del agua, ¿cómo nos los podrían comprar ustedes?


Cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. El majestuoso pino, la arenosa ribera, la bruma de los bosques, cada insecto que nace, con su zumbido… es sagrado en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que recorre los árboles, lleva los recuerdos del piel roja.


Los muertos del hombre blanco se olvidan de su tierra natal cuando se van a pasear entre las estrellas. Nuestros muertos jamás se olvidan a esta hermosa tierra, porque es ella madre del piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte nuestra. Las perfumadas flores son nuestras hermanas. El ciervo, el caballo, el águila majestuosa… son nuestros hermanos. Las rocosas cumbres, el olor de las praderas, el calor corporal del potrillo, y el hombre: todos pertenecemos a la misma familia.


Por eso, cuando el «Gran Jefe» en Washington nos manda decir que desea comprar nuestra tierra, es mucho lo que está pidiendo de nosotros. El «Gran Jefe» dice que nos reservará un lugar, de forma que vivamos cómodamente. El será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por eso, estamos considerando su oferta de comprar nuestra tierra. Pero no va a ser fácil, porque esta tierra es sagrada para nosotros.

El agua centelleante que corre por los arroyos y los ríos no es agua solamente: es sangre de nuestros antepasados. Si nosotros les vendemos la tierra, ustedes deberán recordar que es sagrada, y deberán enseñar a sus hijos que es sagrada, y que cada imagen que se refleja en el agua cristalina de los lagos, habla de acontecimientos y recuerdos de la vida de nuestro pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.


Los ríos son hermanos nuestros, mitigan nuestra sed, conducen nuestras canoas, alimentan a nuestros hijos. Si les vendemos nuestra tierra, ustedes deberán recordar y enseñar a sus hijos que los ríos son hermanos nuestros y hermanos de ustedes. Y deberán darles en adelante la atención que merece un hermano.


Sabemos que el blanco no entiende nuestra manera de ser. Un pedazo de tierra, para él, es igual que el siguiente. El es como un extraño que llega durante la noche y arranca de la tierra lo que necesita y se va. No mira a la tierra como su hermana, sino como su enemiga. Y cuando la ha conquistado, la abandona y se marcha a otra parte. Deja atrás las tumbas de sus padres, y no le importa. Viola la tierra de sus hijos y no le importa. Olvida la tumba de su padre y los derechos de sus hijos. Trata a su madre la tierra y a su hermano el cielo como cosas que pueden comprarse, saquearse, ser vendidas, como carneros o relucientes abalorios. Su apetito devorará la tierra, pero detrás sólo quedará un desierto.


No sé. Nuestras costumbres son diferentes a las de ustedes. La imagen de sus ciudades hiere la mirada del piel roja. Pero, posiblemente, es porque el piel roja es salvaje y no entiende.
No hay tranquilidad en las ciudades del blanco. No hay en ellas lugar donde se pueda escuchar el rumor de las hojas en primavera, o el susurro de las alas de un insecto. Pero quizá digo esto porque soy salvaje y no entiendo. En sus ciudades el ruido sólo insulta a los oídos. ¿Cómo sería la vida si el hombre no pudiera escuchar el grito solitario de la chotacabra o la animada conversación nocturna de los sapos en las ciénagas? Yo soy piel roja y no entiendo.


El indio ama el sonido suave de la brisa al deslizarse delicadamente sobre la superficie de la laguna, o ese olor característico del viento purificado por la llovizna mañanera y perfumado por la esencia de los pinos.


El aire es precioso para el piel roja, porque todas las cosas comparten el mismo aliento. La bestia, el árbol, el hombre… todos compartimos el mismo hálito.
El hombre blanco parece no darse cuenta de que respira el aire. Como un ser que agoniza largamente, es insensible al mal olor. Pero, si nosotros les vendemos nuestra tierra, ustedes deberán recordar que el aire es precioso para nosotros. Que el aire comparte su espíritu con toda la vida que él sustenta.


El aire que permitió su primer aliento a nuestro abuelo, también recibe su último suspiro. Y si nosotros les vendemos nuestra tierra, ustedes deberán mantenerla intacta y sagrada, como un lugar a donde incluso el hombre blanco pueda ir a saborear el viento purificado por el perfume de las flores.



De manera pues, que nosotros estamos considerando su oferta de comprar nuestra tierra. Si decidimos aceptar, lo haremos con una condición: el hombre blanco deberá tratar como hermanas a las bestias de estas tierras.


Yo soy un salvaje y no entiendo otra forma de pensar. He visto miles de búfalos pudriéndose en la pradera, abandonados por los blancos después de balearlos desde un tren en marcha. Yo soy un salvaje y no entiendo cómo el humeante caballo de hierro puede ser más importante que el búfalo, al que nosotros sacrificamos sólo cuando lo necesitamos para subsistir.


¿Qué es el hombre sin las bestias? Si todas ellas desaparecieran, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu. Porque, cualquier cosa que les ocurre a las bestias, enseguida repercute en el hombre. Todos los seres estamos mutuamente vinculados.
Ustedes deberán enseñar a sus hijos que la tierra que pisan, son las cenizas de nuestros abuelos. Deberán honrar la tierra. Dirán a sus niños que la tierra está enriquecida con las vidas de nuestros parientes. Enseñarán a sus hijos lo que nosotros hemos enseñado a los nuestros: que la tierra es nuestra Madre. Todo lo que sucede a la tierra sucede también a sus hijos. Cuando los hombres escupen sobre el suelo, escupen sobre sí mismos.

Nosotros sabemos esto: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Nosotros sabemos esto: todas las cosas están intercomunicadas,
como la sangre que une a una familia. Todo está unido. El hombre no trama el tejido de la vida. El es, sencillamente, uno de sus hilos. Lo que él hace a ese tejido, se lo está haciendo a sí mismo.
Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla con él como de amigo a amigo, puede exceptuarse de este destino común. Es posible que seamos hermanos, a pesar de todo. Veremos.


Nosotros sabemos algo que el hombre blanco descubrirá algún día: que nuestro Dios es el mismo Dios. Ustedes piensan ahora que él es propiedad de ustedes, de la misma forma que desean ser propietarios de nuestras tierras. Pero no puede ser. El es el Dios de todos los seres humanos, y su compasión es la misma tanto para el piel roja como para el blanco.


La tierra es preciosa para él, y hacer daño a la tierra es un enorme desprecio para el Creador. Los blancos también desaparecerán. Tal vez antes que las demás tribus. Ensucia tu propia cama y cualquier noche te verás sofocado por tus propios excrementos.
Pero, en tu agonía, brillarás fulgurantemente abrazado por la fuerza del Dios que te trajo a esta tierra y quien, para algún propósito especial, te dio dominio sobre la misma y sobre el piel roja. Este destino es un misterio para nosotros, ya que nosotros no entendemos cuando todos los búfalos son sacrificados, los caballos salvajes domados, las esquinas secretas de los bosques impregnadas por el olor de muchos hombres y la vista de las montañas mancilladas por las alambradas. ¿Dónde está el bosque? ¿Dónde está el águila? ¡Desaparecieron! Es el final de la vida, el comienzo de la supervivencia.